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Dimarts, 28 de març de 2006
Dos lenguas distintas, frente a frente (escuchad...dentro de poco surgirá un diálogo...).
Ella, la tierra; lentitud, incertidumbre, paciencia. La otra, chiquilla de tres años; inmediatez, ilusión, imaginación, satisfacción de un juego infantil.
En el patio, con sus primos, cocían pelotas de plástico en cacerolas de aluminio abolladas, condimentadas con una pizca de arena.
No, no era suficiente. Agarró una cuchara y empezó a agujerear el suelo granítico. Un par de piedras volaron por encima de su hombro esquivando la frente de sus primos mientras un gusano se sobresaltaba del sueño terrestre placentero.
Por fin encontró algo que le llamó la atención: un bote de leche en polvo, oxidado.
Ahí empezó el diálogo...
Con picardía trazó un mapa estratégico, tranquilamente, porque nadie se dió cuenta. De la noche a la mañana el patio ya no fue patio, sino mar: protuberancias esparcidas, tierra revuelta, olas estáticas esperando el aliento de una pisada.
Había un orden establecido, como en una línea de metro o ferrocarril. Podríamos llamarlas...estaciones geológicas o arqueológicas. La ruta empezaba debajo de tres losas que dibujaban un camino hacia el gallinero. Segunda y tercera estación: la zona del tomillo y la de la hierba luisa.
Para dialogar con la madre tierra tenía que esperar el intervalo de tres o cuatro días entre estación y estación, con la paciencia o impaciencia de tres días eternos.
Llegó el día del encuentro y en sus manos había la misma cuchara. Dos primaveras más habían esparcido algunas nubes de su mente, pero el río fluía alegre. Un caudal imparable de imaginación le sobresalía por los ojos, xispeantes de emoción.
Levantó la primera losa y empezó a sacar tierra, impasible ante los cambios del blanco grisáceo al rojo arcilloso.
Diálogo.
Ella escondía preguntas en las entrañas de la tierra. Preguntas que tomaban la forma de una cajita de madera sin barnizar, papel escrito envuelto en papel de celofán azulado, objetos metálicos viejos, llaves sin usar, figuritas de barro medio rotas.... Nada de plástico : eran preguntas sin respuesta.
Las respuestas.
Felicidad. Sí. Era feliz cuando, después de haber "acuchereado" siete u ocho veces o más, veía la cajita de madera. Con delicadeza quitaba la tierra húmeda de la encajadura, abría la tapa y, suavemente, casi sin respirar, desdoblaba el papel escrito, como un pétalo caído, flácido. La tinta un poco difuminada por la lluvia del miércoles no impedía la lectura , o relectura, de un mensaje juguetón, de una mente de cinco años.
Otro día, otra estación. El tomillo. Esta vez fueron doce cucharadas o más, pues no acertaba muy bien el lugar exacto. El metal tocó metal y sonrió. Lo cogió con dos dedos, por la punta, y sacudió ligeramente el brazalete como si bendijera las plantas con su propio sustento. Estaba sucio de arena, helado, un poco oxidado. Perfecto.
...
Ver empaparse el patio con la lluvia de marzo, borrando sus huellas, su campo de batalla.
A través de los cristales lanzaba con la mirada su imaginación y perforaba el subsuelo hasta hallar tesoros sedientos de agua, de tierra, de vida.
Alguna vez había soñado que debajo del granito nacía un río subterráneo. Soñaba que la corriente se llevaba las cajitas, los brazaletes, las llaves, los pergaminos de pirata...hasta el mar.
P.D: aquí finaliza el intento de contar un poco mi infancia, la que recuerdo, en el patio de mi abuela ( hay dos entradas más en el día 30 de enero). Quizás otro día os pueda contar mis "trifulgas" de juego más grupal, en la calle, con mis queridos vecinos...
Por: marina | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
A ver si por fin puedo dejar el comentario...
Ya habré perdido la frescura del primer intento, pero realmente al leerte me hiciste volar a un mágico mundo interior, que de niña existía, y hoy existe cando nos lo permitimos, es una gozada este texto.
Besote en el corazón
hechi | 04-04-2006 18:52:05