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Dilluns, 06 de març de 2006
Aún eres capaz de andar con espuelas relucientes o zapatos de charol, tacón de aguja.
Aún resuena a contratiempo ese staccatto hiriente, con interludios de quejidos, llantos desgarrados, dientes molidos y lenguas rebentadas.
Interludio compuesto íntegramente por tu mano.
Un verdadero opus.
Y eres capaz de mantenerte altiva cuando la carne, todavía caliente, se perfora con tu andar, amortiguando tu tic-tac, reloj avaro.
Y sonríes cuando la sangre sale a borbotones por las alcantarillas de otro mundo, y los cuerpos de nieve y polvo gris te regalan su savia de cereza amarga.
Y no ves el suelo...faltaría más!
Tu mirada fiera abarca el cielo nublado de papel tosco, verde, rojo...incluso blanco, pero siempre manchado.
Aún sigues caminando. Y no te das cuenta. Trozos de piel putrefacta se deslizan por tu uniforme o por tus medias, qué más da, hasta aplastarse en el suelo por el peso de tu paso. Se pegan a esas baldosas que tiritan como un reloj, otro, invisible.
Y en la cima, cuando tus dedos perciben la suavidad de ese sueño anhelado, sólo hueso te sostiene. Cal quebradiza.
¿Lo sabes?
En los cerros sopla el viento...
Un soplo basta para hacerte añicos, polvo blanco que se arrastra en mantos mutantes hacia los valles de cemento y gusanos.
Y allí se queda, en suelo duro, junto a pieles deshechas, propias y ajenas.
Las tuyas, hilos resecos.
Las otras, desgarradas, mutiladas por la espuela gastada. Carnes petrificadas. Inmortales. Que no se olvidan.
Allá, a lo lejos, dos horizontes...
En lo alto, nubes ácidas ensombrecen los bosques verdes de hojas terciopeladas.
En los valles de adobe y asfalto, mil lenguas renacen, con carne nueva, frescas, rojas, dispuestas a hacer un eco luminoso de tu canto maléfico.
Por: marina | General | Comentarios (0) | Referencias (0)