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Diumenge, 12 de febrer de 2006
Después de muchos años...nos volvimos a encontrar.
Este fin de semana estuve con algunos compañeros del instituto. Nuestro lugar de encuentro fue un parque temático costero, a orillas del Mediterráneo. Allí estábamos los del grupo A, B y C. Un variopinto de gente, justamente en un lugar donde hay, según dicen, para todos los gustos. Me pasé el dia yendo de un lado a otro del parque para poder charlar con todos mis compañeros.
Os cuento mi recorrido.
Grupo A
Nos dirigimos a una especie de acantilado bordeado de canales rocosos por donde circulaba un líquido parecido al agua . Estábamos a una altura considerable (sería como una via ferrata pero acuática).
Nos metíamos allí con dos piraguas, una para las piernas y otra para la cabeza.
Lo primero: ponerse la piragua craneal. Dos figuras cónicas sueltas de dos palmos de altura, de plástico, que, mediante un sistema de ventosas articuladas en la base, se encajaban al maxilar inferior y a la parte superior de la cabeza (...menos pelo..más adherencia).
Con una sucesión de movimientos pélvicos característicos nos fuimos deslizando por los caminos acuáticos sorteando las protuberancias de aquellas rocas, según nos habían dicho, metamórficas.
Uno no tenía ni tiempo de distraerse.
Sin avisar, una niebla espesa multicolor nos invadía. Entonces era preciso torcer el cuello, mirar hacia donde supuestamente estaba el cielo y, procurando que la piragua craneal quedara paralela a la trazas de neblina, dibujar infinitos con el mentón, o sea, imitar movimientos de los cuellos de las bailarinas tailandesas.
Difícil coordinar el movimiento pélvico con el del cuello. Cuidado con variar el ángulo de la nariz pues, dependiendo de como entrara el vapor tutti frutti, no parabas de estornudar y, claro..no era conveniente erosionar con las puntas de las piraguas aquellas rocas metamórficas.
Por cierto, en un atasco fluvial pudimos comprobar que aquello era puro cemento...!
Me fui.
Me marché porque mi piragua estaba ya por sí sola taladrando aquella "obra de arte".
Mejor irse antes de que la roca madre del peñasco vomitara toda el agua clorada con tropezones de portland.
Mejor irse para no tener que saltar por el acantilado y, bañada de vértigo arrancar de mi piel los conos de plástico...todo. Y herir dulcemente con mis manos el agua fresca salada. Y perseguir,allá lejos, un manto de algas y de luz que me balancearan y me abrigaran durante toda la tarde...
Grupo B
Me dejaron entrar en el descanso. Sólo había sitio en las butacas de detrás. Un chico del grupo B me puso al corriente del hilo argumental.
El escenario estaba iluminado con una luz ténue.
Una masa, un sol crepuscular, apareció de un lateral y, rodando como una pelota, se puso justo en el centro del escenario desierto. Luego lo ví claro. El cuerpo del actor o actriz estava envuelto con una especie de papel de celofán anaranjado. Una voz en off salía susurrando de los altavoces. Luego, silencio.
Aquella masa se empezó a mover despacio, como una crisálida. Entre crujido y crujido, el papel se fue desgarrando hasta que el cuerpo salió entero para hablar, sin micrófono, sin gritar y nos recitó su verdad.
Fin.
Tuvimos la suerte de que entre el público se encontraban los tres profesores de filosofía que habíamos tenido años atrás. Aún me acuerdo cuando los veíamos charlar en los pasillos, entre clase y clase. Siempre vestidos de negro y, en días soleados, con gafas del mismo color. Era buena la idea. Siempre estaban a punto para cargar,cuando fuera necesario, el féretro de cartón que vimos aparecer un año por Carnaval.
Siempre había alguien que se añadía a la procesión.
Me quedé con las ganas de preguntarles por su actual trabajo, pero mejor así...recordando los viejos tiempos...
Grupo C
Me dolía el brazo derecho. Un reloj de pared colgaba de mis dedos, redondo, de cartón ondulado y manecillas amarillas de plástico .
Qué ligero parece y ...¡cómo pesa!
La organización regalaba este artilugio a cada uno de los presentes al teatro (de hecho, era un salvoconducto para pasar de un recinto a otro del parque). Quizás es que no les gustaban nuestros rubatos y querían ayudarnos con un andante largo de sesenta pasos para nuestro camino de minutos existenciales. Si no obedecías eras detenido por la brigada del teniente Calderón. Pero, ante tal injustícia, siempre podíamos recurrir al ad libitum.
Mejor obedecer.
Ligeramente inclinada hacia la izquierda, estuve caminando por unos jardines bien cuidados hasta hallar el grupo C. Estaban sentados en unas escalinatas de mármol rodeando a un guitarrista.
A pleno sol, la guitarra, de cobre, toda, estaba inundada de aureolas inquietas que nos deslumbraban. La nariz del músico, brillante, y las mejillas, rojas. Una gota de sudor le resbalaba cerca de la oreja y... al primer contacto con el metal, se evaporaba. El sonido de sus cuerdas, metál.lico, muy fino, me hacía cosquillas en lo más hondo del oído.
Quería empaparme de su música. Dejé el reloj, mejor dicho, lo abandoné detrás de un arbusto y nada más sentarme en el mármol tibio...
Ni una vibración más. Nos tenemos que ir. Que cierran, nos dicen.
...
El otro día, cuando iba al trabajo, escuché la conversacion de dos chicos que por lo visto tenían clase en el instituto. Yo estaba en la otra punta del vagón pero de los gritos que pegaban, hablando, no tuve que esforzarme demasiado. "Venga..tío, vámonos a Port Aventura, eh? mira, qué cojones..ahora!, con el tren, venga...".
Estuve a punto de mostrarles un camino más fácil y más barato. Que fueran al instituto, que seguro,seguro, alguna cosa aprenderían. Y luego, por la noche, cuando volvieran a casa, unas albóndigas con pimiento de cena. Un billete gratuito,directo, sin transbordo, a un parque temático inesperado y siempre sorprendente. A su gusto.
P.D.: No he podido sintetizar más...lo siento si la lectura ha sido pesada. Mi intención en este espacio no es contar excursiones oníricas pero es que esa, fue..fantástica (reconozco que los trozos borrosos los he puesto nítidos a mi manera...).
Eso sí, aquel día (porque ya hace unos cuantos días) me quedé flipada un rato en la cama antes de levantarme.
Si queréis analizarlo, tenéis la puerta abierta. Yo, de momento ya he podido averiguar que mi manía de poner el reloj de pared en el armario atraviesa fronteras. Los alumnos me preguntaban que dónde estaba el reloj. No funciona, está roto, les decía. Y me creyeron. ¿Y esos paisajes en la pared? Son fotos del calendario del año pasado. Es otro reloj, pensé.
De momento, el de manecillas se ve que también es buen alumno. Desde el martes, que marca las tres y media. Y de ahí no se ha movido.
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